El juguete más grande del mundo: Crónica de un vuelo en autogiro

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Dicen que los hombres nunca dejamos de jugar, solo que nuestros juguetes se vuelven más grandes, más rápidos y mucho más caros. Algunos coleccionan Ferraris. Otros sueñan con yates o relojes imposibles. Yo siempre he pensado que la verdadera aventura se vive en el aire. Y pocas veces lo tuve tan claro como en el verano de 2023, cuando decidí volar un autogiro desde Querétaro hasta Oshkosh (Wisconsin) para asistir al festival aéreo de la EAA, la mayor celebración de la aviación deportiva del planeta.

Autogiro

Para quien nunca ha visto uno, un autogiro parece una extraña mezcla entre una motocicleta y un helicóptero. Es abierto, ligero y salvajemente divertido. Vas sentado casi al aire libre y solo una burbuja transparente te separa del viento y del vacío. Se siente menos como pilotear un avión y más como volar dentro de un sueño mecánico.

Antes de salir instalé un tanque auxiliar de combustible detrás del asiento para extender la autonomía a cinco horas de vuelo. El plan era ambicioso: salir de México con una sola escala en Ciudad Victoria antes de cruzar hacia Texas y, ya dentro de Estados Unidos, hacer escala cada tres o cuatro horas.

Autogiro

Despegué de Querétaro una mañana de junio. Apenas dejé atrás la ciudad apareció la Sierra Gorda: montañas gigantescas, acantilados interminables, ríos brillando entre los valles. Desde ahí arriba, en una máquina pequeña y transparente, el mundo se siente inmenso. Uno deja de mirar los paisajes y comienza a sentirlos.

Tras casi cuatro horas, llegué a Ciudad Victoria. Hice los trámites de salida y puse rumbo a McAllen (Texas). El contraste fue brutal: enormes planicies agrícolas que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Pasé horas y horas viendo campos de cultivo mientras pensaba que probablemente era el único lugar del viaje donde no quería aterrizar de emergencia.

Autogiro

Al día siguiente, seguí la costa del golfo de México rumbo a Mustang Beach. Volaba a 1500 pies de altura sobre playas interminables y casas construidas sobre pilotes, como si el mar pudiera reclamarlas en cualquier momento. Aterricé junto a la playa y ocurrió algo aún más divertido: convertí el autogiro en una moto eléctrica para ir a por combustible. La gente se acercaba fascinada, intentando entender qué demonios era esa máquina. Pasé más de una hora respondiendo preguntas antes de volver a despegar con rumbo a Houston.

Así continuó el viaje: Tyler, St. Louis: pequeños aeropuertos perdidos entre pueblos norteamericanos donde todavía se mantienen las antiguas tradiciones de la aviación. Lugares donde los pilotos te llevan al hotel, donde se entrega combustible por confianza y donde todavía se puede disfrutar de la sensación romántica de libertad aérea, desaparecida en muchas partes del mundo. Pero la verdadera aventura llegó cerca de Wisconsin.

Bernardo Moreno
Bernardo Moreno

A veinte millas de mi destino, apareció una tormenta. De repente, me vi rodeado de lluvia y truenos, y la visibilidad empeoraba por momentos. Mi autogiro no podía volar dentro de las nubes, así que descendí en busca de un lugar donde aterrizar. Entonces, apareció algo increíble: una pequeña comunidad privada con una micropista entre las casas. Aterricé justo antes de que la tormenta lo cubriera todo. Lo más sorprendente vino después.

Había una pequeña cabaña pública con bebidas, baños, revistas y teléfonos de hoteles y taxis en la pared. No había nadie vigilando. No había nadie que cobrara por nada. Incluso el combustible se dispensaba mediante autoservicio y con tarjeta de crédito. Era la aviación como debería ser: sencilla, libre y basada en la confianza. Al quinto día, finalmente llegó Oshkosh.

Autogiro

Entrar al evento es casi una misión militar. Miles de aviones aterrizan a diario y el tráfico aéreo parece una autopista suspendida en el cielo. Los ultraligeros vuelan a escasos metros por encima de la carretera mientras cientos de aeronaves pasan por encima formando una fila interminable. Recuerdo que miré hacia arriba y vi a los pilotos en sus aviones, tan cerca que podía distinguir sus expresiones. Había más de cien kilómetros de aviones esperando para aterrizar. Era una locura absoluta. Cuando finalmente toqué tierra en EAA, todo tuvo sentido.

Convertí el autogiro de nuevo en vehículo eléctrico y lo conduje por todo el evento hasta llegar al stand de AutoGyro. La gente se detenía a tomar fotos, hacer preguntas y sonreír. Y, mientras avanzaba entre miles de aviones, entendí algo muy sencillo: a veces, crecer no significa dejar de jugar. Significa encontrar el juguete adecuado.

Por: Bernardo Moreno

@elaviones

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