En una mañana que prometía calma, el Amore Vero partió del puerto de Mónaco llevando a bordo a una selecta tripulación y a su propietario, quien buscaba dejar atrás las presiones del continente y abrazar la libertad del océano. Este yate, diseñado por el célebre Igor Lobanov, deslumbra con su volumen imponente y su estilo “ligero y aireado” por el que, a pesar de su robustez, parece flotar grácilmente. En el año de su entrega recibió el premio al mejor diseño de yate en World Yacht Trophies. Y cada detalle a bordo confirma esa reputación.
A medida que el yate navegaba por la Riviera Francesa, las olas parecían inclinarse para admirar su elegancia. La cubierta principal era un verdadero espectáculo: una piscina que, con un solo movimiento, podía transformarse en una plataforma para helicópteros, ofreciendo un toque de versatilidad insuperable. En el segundo nivel, el propietario disfrutaba de su santuario privado, con terrazas y balcones plegables que se extendían como alas hacia el horizonte. Un jacuzzi burbujeaba en la terraza al sol, preparado para el atardecer perfecto.
Las noches a bordo revelaron otro mundo. Bajo el cielo estrellado del Mediterráneo, las áreas comunes —diseñadas por el legendario Alberto Pinto— brillaban con sereno refinamiento, con tonos claros y un diseño moderno que envolvía a los invitados en una atmósfera de paz y exclusividad. A bordo, los días y las noches transcurrían con un ritmo encantador. El yate se convertía en una isla de lujo en movimiento, un refugio para el cuerpo y la mente.
Un día, mientras se aventuraban hacia las aguas cristalinas de la costa amalfitana, el capitán propuso una parada en una cala escondida, conocida solo por los navegantes locales. Desde la terraza privada, el propietario y sus invitados contemplaban el espectáculo natural en silencio, disfrutando una conexión especial con el mar que solo el Amore Vero podía ofrecer.
A lo largo de la travesía, cada espacio y cada detalle en este yate de 85.6 metros recordaba que es la combinación perfecta de poder y gracia, invitando a sus pasajeros a sumergirse en un lujo que impresionaba y sosegaba el espíritu. Aquí, en la paz de alta mar, Amore Vero demostraba ser algo más que un galardón de diseño: era un universo de experiencias y recuerdos únicos, un paraíso flotante que desafiaba las fronteras del tiempo y el espacio.